26 ene. 2009


El club de la lucha me ha defraudado.

Despúes de ver más de la mitad de la película varias veces, he conseguido verla entera.

Las dos primeras horas constituyen un verdadero alegato antisistema. Tenemos incluso la ocasión de ver a Brad Pitt a torso descubierto diciendo en uno de los discursos a los debotos del club: "...nos hacen creer que algún día seremos estrellas de cine, pero nunca lo seremos!". Pero los últimos minutos lo derrumban todo -sensorialmente es un final increible-; volvemos a la realidad en la que El club de la lucha ACABA siendo una película más; y nos deja con ese amargo sabor en la boca de aquello que pudo ser y no fue.

Jack trabaja investigando accidentes de coche y no le gusta su trabajo. Un día -el mismo que conoce a Tyler Durden- se incendia su apartamento y le pide ayuda a Tyler. Juntos empiezan el Club de la lucha, en el que bajo la máxima -muy respetable, por cierto- "sólo cuando se deje de tener miedo, se podrá actuar con libertad" se intenta llegar a eso. Pero Jack, llegado un momento, cree que las acciones llevadas a cabo están saliéndose de madre e intenta pararlas. Pero resulta que Durden es él mismo y sin una construcción clara del personaje y su guión, llega a la conclusión de que lo que le pasa es que está enamorado de la mujer a la que creía odiar. ¿"Los que se pelean, se desean" es la moraleja? ¿o es "All you need is love"?

Me da a mí que no se podían permitir OTRO final. Una cosa es que suelte al aire algunas ideas y otro bien diferente es la idea con la qe se concluya. Tampoco se podían permitir que el espectador se sintiera incómodo, que se revolviera en la butaca, en vez de descansar apaciblemente; al fin y al cabo el cine es puro entretenimiento, ¿no?

Ah! y otra cosa, las dos apariciones tanto de Starbucks, como de Pepsi -una visual y otra nombrada- tampoco creo que sean inocentes.

5 ene. 2009

Hay precios y precios...


La mentira tiene un precio. Ésta es una de las lecciones que cuando somos niños intentan hacernos entender. Por suerte o por desgracia, no siempre -o casi nunca- predican con el ejemplo y el más valiente o el más cobarde, según se mire, aprenderá a hacer buen uso de la mentira.

Herman y Roma Rosenblat inventaron haberse conocido en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y así lo contó el primero en sus memorias que estaban a punto de ser publicadas. Condenado al escarnio público y al arrepentimiento también público en un país en el que las mentiras, las relacionadas con el amor o que ofenden al matrimonio -véase escándalo Clinton- son las peor vistas. Lo cierto es que mentira no es que este hombre pasó por un campo de concentración nazi y creo que haber conocido o no a su esposa durante, no quita lo anterior, y la retirada de la publicación nos despoja de la posibilidad de conocer de primera mano un testimonio de la Historia. Nos queda, sin embargo, imaginarnos cómo habrá sido para la esposa conocer y saber sobrellevar que su esposo haya sufrido de ese modo. O cómo habrá sido para él contar con el apoyo de ella durante tantos años.

La segunda historia es la de un periodista iraquí condenado a pena de cárcel por reaccionar lanzando un zapato a Bush al afirmar éste que Irak se encontraba mucho mejor tras la invasión. Terrible mentira, ¿no? Y ni siquiera le alcanzó el zapato.

¡Qué ironía!