5 ene. 2009

Hay precios y precios...


La mentira tiene un precio. Ésta es una de las lecciones que cuando somos niños intentan hacernos entender. Por suerte o por desgracia, no siempre -o casi nunca- predican con el ejemplo y el más valiente o el más cobarde, según se mire, aprenderá a hacer buen uso de la mentira.

Herman y Roma Rosenblat inventaron haberse conocido en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y así lo contó el primero en sus memorias que estaban a punto de ser publicadas. Condenado al escarnio público y al arrepentimiento también público en un país en el que las mentiras, las relacionadas con el amor o que ofenden al matrimonio -véase escándalo Clinton- son las peor vistas. Lo cierto es que mentira no es que este hombre pasó por un campo de concentración nazi y creo que haber conocido o no a su esposa durante, no quita lo anterior, y la retirada de la publicación nos despoja de la posibilidad de conocer de primera mano un testimonio de la Historia. Nos queda, sin embargo, imaginarnos cómo habrá sido para la esposa conocer y saber sobrellevar que su esposo haya sufrido de ese modo. O cómo habrá sido para él contar con el apoyo de ella durante tantos años.

La segunda historia es la de un periodista iraquí condenado a pena de cárcel por reaccionar lanzando un zapato a Bush al afirmar éste que Irak se encontraba mucho mejor tras la invasión. Terrible mentira, ¿no? Y ni siquiera le alcanzó el zapato.

¡Qué ironía!

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